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Un par de días antes de nuestro aniversario patrio número 201 me invitaron a participar de un evento en el trabajo, no era una fiesta ni nada parecido, se trataba de una actividad de la cual alguna vez tuve sólo las ganas de participar, esta vez se iba a hacer realidad: visitar un hogar de ancianos de Puerto Montt.

La fecha era importante ya que festejábamos un nuevo cumpleaños de Chile y compartir con ellos iba a ser sin duda una experiencia inolvidable, y así lo fue.

Les mentiría si les digo que al llegar no se aparecen un montón de sentimientos, pena por mirar como algunos abuelitos terminan abandonados en esos hogares, lástima por darnos cuenta que algunas padecen de enfermedades, físicas y psicológicas, algo de miedo por lo desconocido, en fin… es otro mundo, pero después de unos minutos todo eso se transforma en ganas de conversar con ellos, conocer un poco más de sus vidas, porqué están ahí, como es su día a día, cómo era su vida fuera del hogar y los relatos comienzan…

Compartimos con ellos una once, torta, kuchen y empanadas fue parte del festín, para ellos me imagino fuimos una más de las tantas visitas que reciben, pero en lo personal, fue mucho más que eso.

Sin querer cuando repartíamos la torta y un vaso de jugo me llamó la atención uno de ellos, con dificultad intentaba comer y me ofrecí para ayudarle, a esas alturas la timidez, el miedo, la pena se había ido… quería ser parte de ese momento mágico para mí.

Don Juan Alberto Linay Torres en su juventud fue corralero, padre de 14 hijos del cual recordaba a uno en particular que me contaba “le habían matado por ser comunista”, vivía en la parte del puerto en las cercanías de Angelmó en una casa grande, de las antiguas, de niño, me contaba, recorría hasta 3 horas para ir a la escuela a pie descalzo, a veces con lluvia, pero no importaba, le gustaba aprender. Trabajó en Angol en sus años de corralero y volvió a Puerto Montt ya con más años en el cuerpo. Algo tenía don Juan que se me hizo especial y al rato salí de la duda.

Según me contaron las personas que cuidaban de los abuelitos don Juan era el de más edad del hogar, sin querer compartí con un puertomontino de 108 años de edad, ágil para su edad, ¡hasta un pie de cueca bailó cuando nosotros llegamos a verlos! Extrañaba salir del hogar a caminar por la costanera, le comenté que “las pampas” que el conocía ya casi no existían, la modernidad era parte de la ciudad y que ahora no había que caminar 3 horas para trasladarse, le conté que existía mucha locomoción colectiva y edificios por todos lados, que el Puerto Montt que él recordaba poco a poco había cambiado…

Se nos terminaba la hora de visitas y después de sacarme una foto con él, para el recuerdo, y que acá les comparto, me quedé con una sensación extraña… con ganas de volver, con ganas de hacer algo por ellos, con ganas de que ojalá esos lugares no existieran, pero pensándolo mejor si creo que son necesarios porque no sabemos que historias detrás de cada persona hay… ¿y si los hogares no exisitieran?  ¿dónde estarían ellos?

Me quedo con lo bueno, con haber conocido a don Juan, a los abuelitos del hogar, a las personas que los cuidan, al entorno que los rodea, a “ese mundo” que no vemos o que no queremos ver, pero que existe… “esas pequeñas grandes cosas” que nos remecen de vez en cuando.